sábado, 23 de mayo de 2009

Carta María.


¡No me importa!
¡Mira que no me importa!
De verdad cariño. No me importa para nada que pienses o no en mí. No me importa en lo absoluto, que un par de palabras no transmitan sentimientos; no me importa que el sentir mío, al escribir, no sea el mismo en ti al ser leído. Porque sé que al hablarte al oído no sólo me escuchas a mí y crees lo que te he dicho; te escuchas también a ti que emerjo de tus sueños aunque lo niegues. Porque sé que me has buscado, si, chingo a mi madre si no me has buscado.
Hoy me siento tranquilo, con esa inseguridad cotidiana que embarniza las tardes de por acá; porque mi nueva tranquilidad es la inseguridad que siento al pensarnos distantes, más allá del cuerpo. Y no me importa aunque me importe –me digo tranquilizadoramente- que no me llames, escribas o busques, que creas no sentirme, que no me veas en todas partes ¿¡Por qué habría de importarme!? ¿¡Por qué motivo he de querer que escudriñes los eventos cotidianos y hagas una asociación inconcebible del pasado, de nuestro pasado, sólo para demostrarte a ti misma que me piensas y me sientes!? No me importa para nada que no me sigas en la locura, en la obsesión, ni que me sientas fútil. No mi cielo, No. Porque sé muy bien que nuestras vidas son insubstanciales y amargamente vacías si nuestras manos no están juntas al caminar por las plazas, los parques o las calles (¡oh!, pero que lindo es tomarnos de la mano y tenerlas ligeramente sostenidas, por un leve apretón en forma de caricia sobre los dedos).
Porque sé bien que el sabor a tabaco de mi boca es mejor que cualquier tabaco de cualquier boca. Dímelo… dime que soy un vanidoso, un egocéntrico, un arrogante. Dímelo, hazme saber que te duele y te rasca que tenga tanta razón… o dime infantilmente: botellita de jerez, todo lo que digas será al revés. Porque tampoco me importa estarme proyectando al escribirte. No me importa para nada saber (y saber que sepas) que eres tú la mejor de las bocas, la mejor de las miradas, la mejor de todas juntas y multiplicadas. No me importa que sepas que al hablarme tú al oído, siento que renace y vuelve a vivir el Osvaldo muerto que arrastro en mis acciones, que estaba muerto sin saberlo, ¿sabes por qué? porque tú, cariño, sin mi, también estás muerta. ¡Andá boluda!, dímelo, enójate o ríete, me da igual… porque sé que cuando te beso (sea cual sea la parte de tu cuerpo destinada a mis labios) sientes que te lleno de vida y de locura, y lo mejor, es que sabes como yo que todo tu cuerpo está destinado a mi boca (de los pies a la cabeza querida, eres mía de los pies a la cabeza). Me anidas en tu recuerdo, no te engañes, pues no te permito que me olvides incluso cuando no te veo, cuando no te hablo, cuando no te escribo. Dime que estoy equivocado, no me importa, porque aun estando equivocado, de verdad que no me importa. No me ames, no me quieras ni recuerdes que a fin de cuentas da la misma. ¡Con mi amor y mi locura basta! Te doy, ven ¿quieres un poco? Y si no quieres, ¡no me importa!, porque a fin de cuentas te la doy, te la comparto a cada letra que lees en este instante, tienes mi amor y mi locura porque yo te la doy aunque no la quieras, porque te las he enterrado con los dientes, te los he metido a la garganta, ¡y ahógate mujer!, muérete ahogada en este mar que es sólo tuyo, vuélvete loca en estos remolinos. Despéinate toda. Y vamos… eres libre, convéncete de que al leerme sientes leer a alguien ajeno, díselo a todos, repítetelo, no me importa, porque nuestro amor está lleno de delicadezas, es incognoscible y sibilino. ¿Que cómo estoy tan seguro? … No te lo dije, cielo, pero en algún momento de estas cartas que nos hemos escrito me robaste una frase, era algo como: el París que construimos. Lo recuerdo bien, en ese momento escribía yo un cuento y en ese cuento había escrito ya esa misma frase, frase dicha por ese personaje que eras tú. Creía poder idealizarte poniéndote palabras en la boca. ¡Pero qué tonto era amor!, al creer, que necesitaba ponerte palabras en la boca, que necesitaba idealizarte; esa mujer que eras tú, esa mujer que cincelaba mis ganas de amar, esa mujer que necesito me dijo en el cuento: ¿recuerdas el París que construimos? En ese momento dejé de escribir. No me preguntes el por qué, de verdad que a veces hago algunas cosas sin razón, sin motivo y aunque este no sea el caso no te diré por qué. ¡No me preguntes por qué por favor!, pues de verdad la respuesta es tan compleja que ni yo la tengo clara. Sólo sé que ya no necesito describirte pues talvez de alguna manera te describía para mi, para no dejarte ir al encontrarte, para reconocerte, o peor aun, para vivir en fantasías al creer que no existías, pues créeme amor mío que antes de encontrarte creía que alguien como tú no podía respirar en este mundo tan pútrido que miro día a día con asco. ¿Cómo ser ajeno si bien sabes que nuestro deseo carece de labilidad?... Pero puedes sentirme ajeno, te doy permiso, porque sé bien que no lo soy ¿Ajeno yo? ¡Intenta olvidarme, te reto!... y si de chiripa lo consigues créeme que iré a buscarte, iré a reconquistarte y si no lo logro he de secuestrarte, amarrarte, violarte, amarte, alimentarte… ¿te doy miedo? Deberías ver la sonrisa que tengo dibujada en mi rostro.
¡Ay amor! Si tan sólo supieras cuanto te extraño, si pudieras sentir lo inseguro que me siento, el miedo que me invade, si tan sólo al hablarte de esta manera, fuera tan pero tan evidente que me duele sentirme ajeno… que me duele… seguro vendrías a verme, besarías mi frente y me dirías: there there my little boy, there there.
Yo me acurrucaría en tu lecho y dormiría tranquilo, como tu fiel mascota.

2 comentarios: