martes, 23 de febrero de 2010

Contracondicionamieno.

Grita!

De nuevo nos citamos en un parque, para intentar llenarnos de acuerdos que sabríamos no cumpliríamos nunca. Formaba todo ya parte de un ritual. Un ritual de sanación que no buscaba sino sanar ese momento, ese preciso momento en que nos veíamos. Servía. ¡Claro que servía! porque al final de una o dos horas te lograba acariciar sin miedo a una negativa, terminaba besándote toda y corríamos con urgencia a algún motel.

Hasta hoy.

Te hartaste por fin hoy. A mi primer sarcasmo y sugerencia de que te largaras, te largaste. Y te largaste porque bien sabías que no iba a detenerte aunque ambos supiéramos que no querías irte. Juegas bien el papel de harta aunque esté más harto yo que tú.

(¡Ah! Pero qué miseria es esto de escribir. Bastante tiempo ya, que no ganaba el impulso a la pereza. Esta necesidad abominable de vaciar los huecos en letras que aparecen como ráfagas de la mano en el papel, esta ansiedad producida por la mierda que hay al no tenerte cerca. Siéntete orgullosa, puta inmunda inundada en amistades, de no tener nunca que sentir esta miseria porque ni siquiera sabes escribir. Te bastan cosas tan pueriles, logras fácilmente vaciarte toda como miel mientras yo requiero de tu harta indiferencia para volver a la miseria que digo despreciar.)

Pero aquí no acaba todo, he de arrastrarme y suplicar como hacía tiempo no lo hacía, porque te conozco y sé bien que eso necesitas: sentir que alguien se arrastra por el fango para no sentirte tan pútrida y creer que quien está a tu lado es tan amargo y vil como tú.

Nos citamos en un parque y tú jugabas a beber vodka como antes mientras yo jugaba a que volvía a ser aquel fumador, queríamos plasmarnos un retroceso en imágenes vívidas, ¡buena jugada!, me faltó tabaco y a ti vodka para hablar de las promesas ya infinitamente dichas.

(Me arrastro en las letras con rencor porque sé que duermes tranquila y ahora soy yo el que de insomnio muere. ¿Esta es la mierda que te he hecho sentir?, ¿Por esto has hecho todas esas cosas dolorosas? ¿Por este dolor insulso he dejado de ver a mis amigos? ¿Por esto me he alejado de los bares? ¿Por esto he madurado y arreglado un consultorio, he dejado mi guitarra y la escritura y me he vuelto un hombre de dieta y de gimnasio, con horarios para todo? ¿Esto sientes? Vaya que eres fuerte pues yo que deseo que te mueras y nunca haberte conocido)

Te comprendo. Ahora te comprendo bien. Te comprendo tanto que he de culparte efímera y frígida mujer por este sufrimiento, e iré a besarme con alguien del trabajo, empezaré a hablar de irme y de amargarme por vivir en este apestoso rancho, le escribiré el día 18 a mi “Mujer Santa” a aquella mujer buena que me cuidó por años, y he de ir con mis amigos a hablar de tus defectos para que ahora con soltura y gracia te rías de mi y mi inmadurez. Ríete de mí mientras yo resquebrajo tu foto, arrepiéntete, de creer haberme amado si no es que lo haces ya. No te apures, cariño, que fui sólo una creencia. Si en verdad me amaras deberías podrirte como yo en este vacíos espeso, te odio porque te amo y todo en ti es un misterio, porque no te entiendo y crees saber hablar y expresarte. Soy el peor psicólogo y tú eres la peor comunicóloga; damos asco a los ojos del amor puro. Ódiame tanto que no te atreverías a dejarme, ódiame para sentir que te he marcado. Mátame a golpes o suicídate pero no me des tu puta indiferencia.

martes, 9 de febrero de 2010

Deleznable

He de morirme pronto. No importa…

Standing









un dia llego y no se fué, y cuando quizo irse le pedí que se quedara...







lunes, 8 de febrero de 2010

Destiempo

Lo primero que pensé esa mañana fue que afuera estaba nublado. La luz que inundaba el departamento era de una tonalidad azul grisácea. Estás enferma y yo anoche perdí los estribos. Me preocupa mucho tu salud, aunque no lo parezca, y cuando estás enferma empiezo yo mismo a ridiculizarme los pensamientos, pues de verdad hay cosas más importantes que lo que algunas personas puedan decir o no. La búsqueda, me dije de pronto. Me acerqué más a la ventana para cerciorarme de que había una nube en el cielo que tapaba el sol. Pero no pude divisarlo, pues el tragaluz es demasiado alto y no alcancé a mirar el cielo. Tragaluz. Es una palabra bella sin duda. Tragaluz. El tragaluz no me dejó mirar el cielo. Cielo. Decidí salir a caminar porque sentía que algo me esperaba afuera. Quería encontrarme con lo que tenía que encontrarme y también quería perderme por completo pero por desgracias tengo muy buena memoria y mis piernas aun funcionan muy bien. Pero hoy no, hoy un funcionaban muy bien porque estaban cansadas y un poco mal tratadas por tanto alcohol. Salgo a la tienda a buscar mayonesa y me golpea de lleno el flameante latigazo del sol. No estaba nada nublado… el tragaluz no tragó bien la luz y sólo daba indicios de que afuera era de día. El tragaluz. Sin quererlo el tragaluz de pronto se convirtió en traga-muchas-cosas, tragaviento, tragapolvo, tragaceniza y hasta tragabasura. Es un cubo de indicios del clima, es la parte trasera de apartamentos, el inicio y fin de la vista a la ventana, un cubo y nada más, que traga luz y muchas cosas. Entré de nuevo, preferí hacerme una sopita y mientras comía seguía pensando que afuera estaba nublado, talvez con la esperanza de que al salir todo empezara a nublarse, estaba esperanzado en convertir una caminata en ese ritual viejo que tengo para ponerme a pensar. Una noche antes salí casi cayendo, llegué al banco con la esperanza de tener algo de dinero en mi tarjeta, puse el vaso sobre el cajero y entonces me di cuenta de que salí bebiendo whisky de la casa. Me puse aun más paranoico y tiré el vaso en su lugar, no antes sin darle un último trago. Tenía treinta y nueve pesos y no pude sacar nada, tenía pensado comprar una tarjeta para llamarte pero no tenía ni un 2.5 (ni un cinco partido a la mitad) y fui a la tienda 24 horas pensando que talvez aceptaban tarjeta o que podía ponerme saldo, cuando entré me di cuenta que estaba borracho porque estaba yo muy mareado y no pude hablar bien. Me echaron. En los departamentos sólo podía ponerme a pensar y es muy frustrante estar encerrado con tus pensamientos, más cuando estás todo paranoico, asustado y sin poder llamar a nadie. Tuve que salir al teléfono público y hacer una llamada por cobrar a las tres de la mañana. Contestó mi padre, asustado y me preguntaba qué pasó, yo obviamente borracho le dije que todo estaba bien, que necesitaba hablar con Ivonne. Dijo algunas cosas que no recuerdo y me pidió que no lo asustara, y pensaba en colgar pero la ansiedad me carcomía y tenía que hablar contigo. Le pedí a Ivonne que te llamara para que tú regresaras mi llamado. Ten cuidado, me dijo al final. El resto ya lo sabes. No quedé nada tranquilo y tu mensaje me puso peor. Me sentí muy culpable por tu estado, por tu intranquilidad, y tu miedo se transfirió a mí, pues cuando una garganta se cierra nada bueno puede estar pasando. Además de que te dije cosas que tú no tienes por qué enterarte, pues si tú me dijeras algo así yo no podría estar nada tranquilo. Me refiero a las amenazas que me han hecho. Pero de verdad no te preocupes que yo no me preocupo, como dijo Zaratustra “de cuando acá un águila se muestra temerosa ente la intimidante mordida de una serpiente…” tomé hasta casi desmayarme porque no quería estar vivo. Porque viejos recuerdos, miedos y malas experiencias renacieron y me da mucho miedo perderte, talvez por eso creo yo que amanecí al día siguiente pensando que estaba nublado y que había algo afuera que me esperaba. Salgo, dirigiéndome al bar donde tocamos, pensé que me encontraría ahí con algo que tenía que ser visto por mí. Pero no encontré ni al dueño que me debía un dinero। Me dijeron que volvería hasta las once de la noche y me agradó la idea porque supe que no tendría que guardar los diez pesos que sonaban en mi bolsillo al caminar, no habría camiones, y me gustó la idea de tirarme a perder un par de horas y después caminar hasta el paseo de los virreyes.

Salí del bar sin rumbo fijo, caminar, sólo caminar, eso quería, y mientras caminaba pensaba que algo estaba por ahí esperándome. Tomé la calle San Ignacio y a no más de unos 200 pasos me encontré con una plaza enorme. Entré como si supiera a donde iba, como si esta ciudad nueva fuera ya vieja para mí, como si supiese ya con plena armonía en qué parte de la plaza está cada rincón, como si fuera yo destinado a encontrarme con algo ya socorrido por mis intuiciones. Pero no, iba completamente solo, en medio de algo que no conocía… no lo conocía pero conocía esa sensación que me decía que algo ahí dentro estaba esperándome. Entré y rondé el lugar, miré en los aparadores los maniquíes con ropas que ni siquiera me agradaban. Miré un Starbucks que está justo en medio de la plaza y me pregunté si había Internet ahí… eso no me importó, no estaba en medio de una nueva-vieja plaza para ver si existía un buen café ahí. Lo sabía. Tragaluz. Y entonces subí por las escaleras eléctricas, y no caminé mucho. Entré a las maquinitas Moy. No sabía qué hacía yo ahí pues ciertamente estaba convencido de que cualquiera que fuera esa cosa amorfa que estaba por ahí esperando a ser encontrada por mí, no se encontraba ahí. Sin embargo miré muchas familias, es un buen sábado y las familias lindas van a jugar con sus hijos con la tecnología. De verdad que no llegaba mi entendimiento a asimilar que hay personas que prefieren jugar bolos en una máquina de bolos en vez de ir a los verdaderos bolos. Pero entonces hubo en mí una reflexión: están aquí porque aquí les gusta estar. Y me di cuenta de que yo estaba en las maquinistas Moy porque yo quería estar ahí y que aunque fuese por segundos, me gustaba estar ahí. Nada encontré y seguí caminando. De pronto miré las puertas del casino de la Gran Plaza Fashion. Entré con una idea no muy vaga. Creo que no te lo había dicho pero tengo una amiga aquí en Guadalajara que me pidió le diera terapia, resulta que el dinero que le manda su madre se lo gasta todo en el casino, eso se llama juego patológico y le dije que sin pensarlo dos veces yo le daba terapia si necesitaba alejarse de ese vicio, (nuevo vicio mexicano). Y me adentré a las penumbras del casino, dejé mi celular en un recipiente y crucé el aro un tanto cuadrado con el silbato revelador de armas y otras cosas de metal. Casi podía asegurar que mi amiga (Fátima) estaría ahí, que le diría: qué bárbaro, aquí te la llevas… etc. Rondé el lugar y acepto que me veía un tanto sospechoso, mi aspecto no era nada agradable pues no tenemos ya shampoo en el departamento y mis cabellos se convierten en alambres cuando son sólo remojados. Tenía pocas ganas de fumar pero mirar a las personas fumando siempre me incitan a caer en el peor de mis pecados. Le pedí al mesero que me encendiera el cigarrillo (pues como ya sabes yo nunca cargo con cerillos o encendedor) y lo prendió amablemente. Nada encontré en el casino. Eso que fuera con lo que tenía que encontrarme no estaba ahí y salí una vez que terminé el cigarro. No miré nada nuevo de hecho. Las mismas conductas supersticiosas que existen en cualquier país, en cualquier continente, la misma cara de decepción al salir sin ganar un 2.5 y empezaba ya a formarme la idea de que eso que buscaba estaba en mi, en mi pensamiento. (*1).

Saliendo del casino me asomé a los puestos de cocina। De comida rápida. Por un momento pensé que mi ex-vecina estaría por ahí comiendo y que me invitaría a comer. Desayuné una sopita y en este instante tengo mucha hambre, tengo mucha sed, y sigo un tanto mareado por la borrachera de anoche. Al caminar tambaleando y con una resaca no tan espantosa recuerdo de nuevo que tú estás enferma. Que me mandaste un mensaje diciéndome que la garganta se te cerraba y me sentía tan culpable, me siento tan mal, me doy tanta vergüenza. No te merezco Lluvia. Afuera había un elevador. Un elevador que desde mi perspectiva ya no podía elevar, pues estaba en el tercer piso, en el tope, en el lugar más alto. Era entonces para mí y los míos un desciendedor. Estando ahí uno solo podía descender, caer, llegar a la planta baja, al suelo, al subsuelo. Abajo. Tragaluz. Y me permitía mirar por un cubo que llegaba hasta la planta baja y pensaba cuánto tiempo tardaría una moneda en caer. Te soy honesto, también fantaseé con tirarme. Me veía ahí abajo tirado con mi cabeza ensangrentada. Pero mi muerte no era eso que buscaba, ni mi muerte me esperaba. Cuando esto suceda uno en verdad lo sentirá sin duda alguna. Me estaba dando por vencido, no miré a nadie en la comida rápida. Entonces llegué a creer que eso que encontraría estaba en mí. Talvez algo debía de cambiar en mí, tenía que mirarme desde fuera, cuando estás completamente solo rodeado de gente, es cuando en verdad puedes dar una opinión sincera sobre ti. Caminé dejando mis pensamientos suicidas y mis ganas de encontrarme con algo. Descendía por las escaleras eléctricas y algo empezaba a moverse. Hacía frío y me puse una chamarra grande, esponjada, creo que ya la usé contigo, era la chamarra que usaba cuando fui por ti cuando grababan su demo, la primera vez. Metí mi mano en todos los bolsillos y noté que el teléfono celular me llamaba y detrás del llamado de mi celular estaba alguien que a su vez me llamaba. Miro el celular y dice: Casa de Lluvia.

La premonición de que al despertar mis ojos buscaran un cielo nublado dentro de un tragaluz era por ver ante mí una casa de lluvia. Creo que tenía sentido un poco todo lo que pensaba y lo que sentía, lo miré un par de segundos. El teléfono sonaba diciendo Casa de Lluvia. Recuerdo que al conocerte mis días estaban destinados a verte, sin importar cómo. Nos las ingeniábamos para vernos de día de tarde y de noche. Y cuando no aceptabas una invitación a cenar de todas maneras ahí aparecíamos los dos, en la misma taquería, ambos fumando, tu acompañada y yo esperando para llevarme todo eso a casa. Y recuerdo muy bien que estaba yo ahí sentado fantaseando que tú llegabas, de diferentes formas, una me tapabas los ojos por la espalda y reconocía tus manos y me daba un gusto verte y venías con Fernando y platicábamos, y otras simplemente te sentabas y decías Buh!, o alguna cosa de esas. Lo más chistoso es que mientras miraba el televisor de pronto me obstruyes la vista con tu cigarro a medio fumar y yo me quedo perplejo porque justo así te había imaginado unos segundos antes, y de pronto de tras de mi aparece Fernando que te había invitado a cenar un taco, y estas cosas son simplemente difíciles de creer y por eso no las cuento tanto. El punto aquí es que del lado de allá del mundo cuando yo salía de casa, siempre estaba buscando la Casa de Lluvia. Contesto mientras desciendo por las escaleras. Y el resto ya lo sabes.

Me siento tan mal Lluvia, porque de verdad creo que soy un tanto responsable por tu enfermedad, y me duele que tengas razón de que no puedo estar ahí para abrazarte y mimarte en tu enfermedad, de ponerme solidario y besarte y enfermarnos los dos y los dos quedarnos tirados en nuestras camas sin poder cantar, pero pudiéndonos abrazar. Y no sé por qué no te dije que te quiero, que te amo, que te necesito y que moría por estar contigo, no te dije que te mandaba un abrazo y un beso, sobre todo eso, que te dije cuídate mucho, en vez de decirte, Lluvia te quiero. Y me dio mucha gracia que no me disculpara por lo de anoche, que a veces me pongo paranoico y terco, y que borracho me desinhibo y empiezo a decir cosas que no diría sobrio. Te quiero Lluvia, te quiero. Quiero decírtelo y no tengo forma de hacerlo. Siento una impotencia que no sabría describir. Siento que te pierdo. Te estoy perdiendo. Sea lo que sea que salí hoy a buscar muy probablemente era eso, la Casa de Lluvia. Salí de la plaza por una puerta distinta a la que entré, había delante de mí un puente peatonal y me dieron ganas de subirme y cruzar al otro lado. Subí en zigzag las escaleras sin escalones y me dieron muchas ganas de que me asaltaran. Ya había oído historias de que en ciudades grandes dos personas se ponen en los puentes y acorralan a la víctima y le quitan sus pertenencias. Atacan como dinosaurios. Pero no me asaltaron. Aun estaba pensando en ti y me torturaba creando conversaciones en mi cabeza que bien pude haber tenido contigo en esos 3 minutos pero que no pudieron salir de mi boca… estaba justo en el medio del puente y miré un cartelón sobre ofertas de empleo, parecía tentador pero habían arrancado los datos. Así estamos. En un puente. Tú y yo estamos en un puente de una distancia considerable y ambos sin poder cruzar al lado del otro, en medio hay un trabajo sin datos, sin localizaciones. Y me pregunté si valía la pena estar en este puente… me pregunté si no estaba arriesgando demasiado dejándote sola por seguir un sueño viejo. Bajé del puente sin cruzar al otro lado, y nadie me asaltó. Tengo tantas ganas de hablar contigo así que me puse a hablar en mi cabeza y caminé de nuevo al bar. Dentro del camellón del boulevard Cárdenas hay unas bancas de metal, césped y árboles lindos, y unas torresillas como las de nuestro Paris, idénticas. Por mera nostalgia me acosté en la banca y me puse a mirar la torre parisiense y los carros que pasaban mientras mis manos jugaban con el césped. ¿Recuerdas cuánto nos besamos en nuestro París?. Nos despedimos ahí porque no podíamos despedirnos en otro lugar. Y sigues enferma y siento una impotencia y culpa… Mientras acicalaba el césped recordaba esa noche en la que estuviste en mi casa y pusiste una almohada en mi barriga y acomodaste tu cabeza y me enseñabas cómo hacerte piojito. Y recuerdo que estabas por dormirte porque estabas cansada y también porque siempre he aprendido rápido a acariciarte. Así quiero estar en este instante, así quiero tratarte cuando enfermes. Estamos en los extremos de un puente donde en medio está algo incierto. ¿Quién lo cruzará primero? ¿Cuánto tiempo aguantará este puente? ¿A qué tiempo daremos nuestro primer paso? ¿Qué es lo que arriesgamos al formar un puente donde no hemos de cruzar por un tiempo? No lo sé.

Ya son las once, es hora de ir al bar. Crucé París y me dijeron que Erick no iría hoy, que volviera hasta el Lunes. Con ese dinero íbamos a comer, pero sólo dije –Chido, yo me hecho la vuelta-.
Caminé desde Rock Town hasta mi casa, crucé túneles y puentes y después de casi dos horas llegué a mi departamento. Y me dieron ganas de escribirte. Arriba donde puse (*1) tuve que dejar de hacerlo porque llegó tu primo con cerveza y unos amiguitos.
Ya me contó todo lo de su amor con su mejor amiga y que está saliendo con la mejor amiga de ella y que etc। Me pidió consejos sobre amores. Pobre, si supiera que mi vida es un desastre por no saber amar sanamente.

Se fueron todos pero esta vez no tomé tanto ni me crucé porque me sentía mal al pensar que tú estabas allá enferma y yo aquí pasándola bien. No. Créeme que estoy muy preocupado y me irrita no poder estar contigo para abrazarte. Ne me quitte pas Lluvia.
Ayer hablamos por teléfono. Hoy es un nuevo día, miro por el ventanal del cuarto a la sala y miro botellas, Francisco está dormido y Marco habla por teléfono. Miro al tragaluz y pienso, que afuera debe estar nublado.

sábado, 23 de mayo de 2009

Carta María.


¡No me importa!
¡Mira que no me importa!
De verdad cariño. No me importa para nada que pienses o no en mí. No me importa en lo absoluto, que un par de palabras no transmitan sentimientos; no me importa que el sentir mío, al escribir, no sea el mismo en ti al ser leído. Porque sé que al hablarte al oído no sólo me escuchas a mí y crees lo que te he dicho; te escuchas también a ti que emerjo de tus sueños aunque lo niegues. Porque sé que me has buscado, si, chingo a mi madre si no me has buscado.
Hoy me siento tranquilo, con esa inseguridad cotidiana que embarniza las tardes de por acá; porque mi nueva tranquilidad es la inseguridad que siento al pensarnos distantes, más allá del cuerpo. Y no me importa aunque me importe –me digo tranquilizadoramente- que no me llames, escribas o busques, que creas no sentirme, que no me veas en todas partes ¿¡Por qué habría de importarme!? ¿¡Por qué motivo he de querer que escudriñes los eventos cotidianos y hagas una asociación inconcebible del pasado, de nuestro pasado, sólo para demostrarte a ti misma que me piensas y me sientes!? No me importa para nada que no me sigas en la locura, en la obsesión, ni que me sientas fútil. No mi cielo, No. Porque sé muy bien que nuestras vidas son insubstanciales y amargamente vacías si nuestras manos no están juntas al caminar por las plazas, los parques o las calles (¡oh!, pero que lindo es tomarnos de la mano y tenerlas ligeramente sostenidas, por un leve apretón en forma de caricia sobre los dedos).
Porque sé bien que el sabor a tabaco de mi boca es mejor que cualquier tabaco de cualquier boca. Dímelo… dime que soy un vanidoso, un egocéntrico, un arrogante. Dímelo, hazme saber que te duele y te rasca que tenga tanta razón… o dime infantilmente: botellita de jerez, todo lo que digas será al revés. Porque tampoco me importa estarme proyectando al escribirte. No me importa para nada saber (y saber que sepas) que eres tú la mejor de las bocas, la mejor de las miradas, la mejor de todas juntas y multiplicadas. No me importa que sepas que al hablarme tú al oído, siento que renace y vuelve a vivir el Osvaldo muerto que arrastro en mis acciones, que estaba muerto sin saberlo, ¿sabes por qué? porque tú, cariño, sin mi, también estás muerta. ¡Andá boluda!, dímelo, enójate o ríete, me da igual… porque sé que cuando te beso (sea cual sea la parte de tu cuerpo destinada a mis labios) sientes que te lleno de vida y de locura, y lo mejor, es que sabes como yo que todo tu cuerpo está destinado a mi boca (de los pies a la cabeza querida, eres mía de los pies a la cabeza). Me anidas en tu recuerdo, no te engañes, pues no te permito que me olvides incluso cuando no te veo, cuando no te hablo, cuando no te escribo. Dime que estoy equivocado, no me importa, porque aun estando equivocado, de verdad que no me importa. No me ames, no me quieras ni recuerdes que a fin de cuentas da la misma. ¡Con mi amor y mi locura basta! Te doy, ven ¿quieres un poco? Y si no quieres, ¡no me importa!, porque a fin de cuentas te la doy, te la comparto a cada letra que lees en este instante, tienes mi amor y mi locura porque yo te la doy aunque no la quieras, porque te las he enterrado con los dientes, te los he metido a la garganta, ¡y ahógate mujer!, muérete ahogada en este mar que es sólo tuyo, vuélvete loca en estos remolinos. Despéinate toda. Y vamos… eres libre, convéncete de que al leerme sientes leer a alguien ajeno, díselo a todos, repítetelo, no me importa, porque nuestro amor está lleno de delicadezas, es incognoscible y sibilino. ¿Que cómo estoy tan seguro? … No te lo dije, cielo, pero en algún momento de estas cartas que nos hemos escrito me robaste una frase, era algo como: el París que construimos. Lo recuerdo bien, en ese momento escribía yo un cuento y en ese cuento había escrito ya esa misma frase, frase dicha por ese personaje que eras tú. Creía poder idealizarte poniéndote palabras en la boca. ¡Pero qué tonto era amor!, al creer, que necesitaba ponerte palabras en la boca, que necesitaba idealizarte; esa mujer que eras tú, esa mujer que cincelaba mis ganas de amar, esa mujer que necesito me dijo en el cuento: ¿recuerdas el París que construimos? En ese momento dejé de escribir. No me preguntes el por qué, de verdad que a veces hago algunas cosas sin razón, sin motivo y aunque este no sea el caso no te diré por qué. ¡No me preguntes por qué por favor!, pues de verdad la respuesta es tan compleja que ni yo la tengo clara. Sólo sé que ya no necesito describirte pues talvez de alguna manera te describía para mi, para no dejarte ir al encontrarte, para reconocerte, o peor aun, para vivir en fantasías al creer que no existías, pues créeme amor mío que antes de encontrarte creía que alguien como tú no podía respirar en este mundo tan pútrido que miro día a día con asco. ¿Cómo ser ajeno si bien sabes que nuestro deseo carece de labilidad?... Pero puedes sentirme ajeno, te doy permiso, porque sé bien que no lo soy ¿Ajeno yo? ¡Intenta olvidarme, te reto!... y si de chiripa lo consigues créeme que iré a buscarte, iré a reconquistarte y si no lo logro he de secuestrarte, amarrarte, violarte, amarte, alimentarte… ¿te doy miedo? Deberías ver la sonrisa que tengo dibujada en mi rostro.
¡Ay amor! Si tan sólo supieras cuanto te extraño, si pudieras sentir lo inseguro que me siento, el miedo que me invade, si tan sólo al hablarte de esta manera, fuera tan pero tan evidente que me duele sentirme ajeno… que me duele… seguro vendrías a verme, besarías mi frente y me dirías: there there my little boy, there there.
Yo me acurrucaría en tu lecho y dormiría tranquilo, como tu fiel mascota.